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martes, 14 de diciembre de 2010

(Punto 19) ¿Que dice la Biblia sobre “SOLO ME BASTA LA FE PARA SALVARME, LAS OBRAS NO.”?

“Ya soy salvo y si muero me voy al cielo, no puedo perder la salvación
Se confían y se creen seguros de estar salvados, tal como el fariseo, que ante el publicano se creía ya salvo. Lc 18,9-1
“Mas el que perseverare hasta el fin, ese se salvará" Mt 24,13
No todo el que dice Señor, Señor,…. Se salvará”. Mt 7,21-23 
Examen en la caridad y las obras de misericordia para el día de presentarnos ante Dios.  Mt 25,31-36


En el Reino de Dios las cosas son distintas a nuestros estrechos criterios humanos. ¿Confiaríamos nosotros en que prostitutas y funcionarios públicos corruptos pueden cambiar de vida? Probablemente ya los damos por perdidos, o decimos "no tienen remedio". Y Jesús dice que son esas personas las que se nos anticipan en el Reino; porque fueron capaces de creer en el amor de Dios y confiarse a él.

† Lectura del santo Evangelio 
según san Mateo (21, 28-32)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús Dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

“¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. El le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue.¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”

Ellos le respondieron:

“El segundo”.

Entonces Jesús les dijo:

“Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Lo que nuestro Señor quiere decirnos con esta parábola es, en definitiva, que lo que verdaderamente importa para salvarse no son las palabras, sino las obras. O, mejor: que las palabras y las promesas que hacemos a Dios y a los demás cuentan en la medida en que éstas van también respaldadas por nuestras obras y comportamientos. Éstas son las que mejor hablan: las obras, no los bonitos discursos; las obras, no los bellos propósitos o los nobles sentimientos nada más.
¡Qué importancia tan decisiva da Jesús a cumplir la voluntad del Padre! La delantera en el Reino la llevarán siempre los que realicen con docilidad la voluntad de Dios, aunque sus palabras, reacciones inmediatas y apariencias sean tan escandalosas como la de las prostitutas y los publicanos. El verdadero creyente no es el petulante que se cree superior a los demás por sus altísimos deseos, sino que el que se pone manos a la obra. Solo cree en verdad el que obedece. Serán las obras, y ninguna otra cosa, las que liberen nuestra vida cristiana de la tiranía de las apariencias.

Por eso, nuestro Señor nos dijo un día que “no todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ se salvará, sino el que hace la voluntad de mi Padre del cielo”. Palabras muy sencillas y escuetas, pero muy claras y exigentes. 

Y nosotros, ¿cuál de estos dos hijos somos?

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